Cita Iniciado por Faisanes Ver mensaje
Está un anciano judío en la cama, con los ojos cerrados; pero los abre y mira a los que están a su alrededor mientras pregunta:

-¿Todavía estoy vivo? No veo bien. La muerte acechante vela mis ojos...

-Sí, padre, sigue vivo.

-¡Ah! Samuel, mi primogénito, no llores... ¿Isaac, estás también aquí?

-(Compungido, tras sonarse) Aquí estoy, sí.

-¿Sara, mi compañera y amiga, la madre a través de la que Dios nos bendijo con tres descendientes varones fuertes, sanos y respetuosos...?

-Aquí me tienes, venerado esposo, llorando por no poder trocar nuestros papeles en esta desdichada hora de nuestra larga existencia en común...

- (Cambiando la voz a un tono más afectuoso) ¿Benjamín, Benjamín? El último regalo que el Altísimo me concedió, la alegría de mi vejez, mi báculo en la enfermedad... ¿Benjamín?

-(Sin dejar de llorar a lágrima viva; casi no se le entiende) Sí, sí, papá, sí, aquí sigo a tu lado...

El hebreo patriarca, luego de toser y carraspear ruidosamente, exclama:

-Entonces, ¡hijos de puta todos!... ¿No hay nadie que atienda, nadie trabaja, está la tienda cerrada, sola?

He buscado este chiste porque hoy mismo oí a Pancracio Celdrán, un asombroso polímata, un erudito de pro. Cuenta cosas interesantes. Ahora está contando sobre chistes que se contaban en la Grecia antigua y mira por dónde, salió éste mismo. No había judío alguno (claro); el moribundo era el pater familias, el patriarca familiar. Luego de preguntar por cada uno de sus hijos y nueras y por su mujer, les llamó la atención, pues nadie cuidaba la casa y la hacienda, su patrimonio... ¡Qué cosas! Este chiste, con diversas variantes, se ha contado en a saber cuántos idiomas, durante milenios.