Está un anciano judío en la cama, con los ojos cerrados; pero los abre y mira a los que están a su alrededor mientras pregunta:
-¿Todavía estoy vivo? No veo bien. La muerte acechante vela mis ojos...
-Sí, padre, sigue vivo.
-¡Ah! Samuel, mi primogénito, no llores... ¿Isaac, estás también aquí?
-(Compungido, tras sonarse) Aquí estoy, sí.
-¿Sara, mi compañera y amiga, la madre a través de la que Dios nos bendijo con tres descendientes varones fuertes, sanos y respetuosos...?
-Aquí me tienes, venerado esposo, llorando por no poder trocar nuestros papeles en esta desdichada hora de nuestra larga existencia en común...
- (Cambiando la voz a un tono más afectuoso) ¿Benjamín, Benjamín? El último regalo que el Altísimo me concedió, la alegría de mi vejez, mi báculo en la enfermedad... ¿Benjamín?
-(Sin dejar de llorar a lágrima viva; casi no se le entiende) Sí, sí, papá, sí, aquí sigo a tu lado...
El hebreo patriarca, luego de toser y carraspear ruidosamente, exclama:
-Entonces, ¡hijos de puta todos!... ¿No hay nadie que atienda, nadie trabaja, está la tienda cerrada, sola?
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