La historia es simple, pocos personajes y una atmósfera opresiva, a pesar de desarrollarse en pleno campo, que forma parte irrenunciable del relato. He sentido mi boca pastosa por el polvo del inmenso secarral en que se desarrolla la acción. Una sociedad posiblemente situada en la posguerra, en los años cuarenta, y un campo reseco por una sequía de años en el que ya no hay cosechas, y que desparrama miseria en casas, pueblos y conciencias. Y la solanera y sus efectos también se siente en todos sus efectos, sobre todo cuando el protagonista se queda dormido al sol.
La historia, pues, es de miseria económica y también miseria moral encarnada por el alguacil, el ayudante, e incluso la propia familia del protagonista, por toda la sociedad, incluso la que no aparece formalmente (la familia del tullido, por ejemplo). Solo el más pobre, el cabrero, está por encima de la miseria moral de toda la pequeña sociedad que se refleja en la novela.
Tengo que destacar el manejo del lenguaje por parte del autor. Describe conceptos y, sobre todo, situaciones, con extremada precisión. Tiene un vocabulario amplio y desusado en nuestros tiempos. Y no sé cómo decirlo, tal vez esté yo profundamente equivocado, pero me ha parecido, sobre todo en la primera parte de la novela, que el vocabulario se sitúa por encima de la novela, no sé, un ejercicio de estilo que se centra en el uso de las palabras casi como un fin en sí mismo. Es ésta una sensación personal, y, es más, ésta va desapareciendo a medida que transcurre la novela, el lenguaje se acompasa y transcurre parejo a la acción descrita, sin situarse por encima como creo que sucede en la primera parte. No me hagáis mucho caso

, que solo ha sido una sensación que tuve al principio, y que reconozco que va desapareciendo, pero que querido trasladar aquí para ver si compartís esta apreciación mía.