Por un lado están las aventuras infantiles de los protagonistas, que me hacen evocar mi niñez, aunque sucediera en otro tiempo, otro lugar y otras circunstancias: las largas vacaciones de verano sin deberes escolares, solamente pensando en jugar y divertirse; el inventarse historias en las que eres el protagonista; las peleas entre hermanos; los amigos a los que nada más ves durante las vacaciones; la despreocupación con la que vives cuando eres niño; el pensar que no hay nada que tus padres no puedan arreglar... En fin, la infancia. La verdadera patria del hombre (y de la mujer), de la que no nos resignamos a vivir en el exilio.
Y por otro lado, está la parte histórica, la vida en la década de los 30, el periodo entre las dos guerras mundiales, tras la gran depresión del 29, en un país en el que aún no hacía un siglo que se había abolido la esclavitud y las diferencias de raza eran barreras infranqueables. Como lo eran las de clase social. No es mi país, pero aquí también pasaban cosas de esas: por ejemplo, muchos niños no podían ir a la escuela porque tenían que trabajar desde muy temprana edad para ayudar a la familia porque mucha gente pasaba hambre y miseria. Y, como dice Peto, lo asumían como algo normal. Para mí, es un periodo histórico muy interesante por todo lo que vino después, y me parece que la novela es un reflejo fiel de la realidad.
En cuanto a los personajes, ¡que levante la mano a quien no le gustaría haber conocido a Atticus!