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Tema: ¿Libros de humor? ¿Alguna recomendación?

  1. #21
    Veteran@ en el foro Avatar de Maldoror
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    Predeterminado Re: ¿Libros de humor? ¿Alguna recomendación?

    Cita Iniciado por ahorso Ver mensaje
    ¿Está en electrónico el Tristram?
    No lo he visto en las páginas habituales, pero vete a Kindle (digo a Amazon) que, hoy al menos, está gratis
    Última edición por Maldoror; 27/01/2013 a las 20:29
    Contra la seducción:
    No os dejéis seducir / no hay retorno alguno. / El día está a las puertas, / hay ya viento nocturno / no vendrá otra mañana.
    No os dejéis engañar / Con que la vida es poco. / Bebedla a grandes tragos / porque no os bastará / cuando hayáis de perderla.
    No os dejéis consolar. / Vuestro tiempo no es mucho. / El lodo, a los podridos. / La vida es lo más grande: / perderla es perder todo.
    Bertolt Brecht


  2. #22
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    Predeterminado Re: ¿Libros de humor? ¿Alguna recomendación?

    Adiós... rectifico, está en alemán , seguiré buscando
    Contra la seducción:
    No os dejéis seducir / no hay retorno alguno. / El día está a las puertas, / hay ya viento nocturno / no vendrá otra mañana.
    No os dejéis engañar / Con que la vida es poco. / Bebedla a grandes tragos / porque no os bastará / cuando hayáis de perderla.
    No os dejéis consolar. / Vuestro tiempo no es mucho. / El lodo, a los podridos. / La vida es lo más grande: / perderla es perder todo.
    Bertolt Brecht


  3. #23
    Veteran@ en el foro Avatar de the_doc
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    hmm?
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    Predeterminado Re: ¿Libros de humor? ¿Alguna recomendación?

    En Amazon.es está en alemán; pero si buscas está también en inglés.
    Tristram Shandy in Inglis
    Pero es una obra de hace 250 años. No sé si será muy complicada de leer en su idioma original.
    Call me Doc, not the_doc!



  4. #24
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    Predeterminado Re: ¿Libros de humor? ¿Alguna recomendación?

    Cita Iniciado por the_doc Ver mensaje
    En Amazon.es está en alemán; pero si buscas está también en inglés.
    Tristram Shandy in Inglis
    Pero es una obra de hace 250 años. No sé si será muy complicada de leer en su idioma original.
    Lo vi en inglés, pero no es una opción para mí, desafortunadamente. Si lo empiezo, me gustaría acabarlo dentro de este siglo
    Contra la seducción:
    No os dejéis seducir / no hay retorno alguno. / El día está a las puertas, / hay ya viento nocturno / no vendrá otra mañana.
    No os dejéis engañar / Con que la vida es poco. / Bebedla a grandes tragos / porque no os bastará / cuando hayáis de perderla.
    No os dejéis consolar. / Vuestro tiempo no es mucho. / El lodo, a los podridos. / La vida es lo más grande: / perderla es perder todo.
    Bertolt Brecht


  5. #25
    Jovencit@ en el foro Avatar de AdrianMC
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    Predeterminado Re: ¿Libros de humor? ¿Alguna recomendación?

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  6. #26
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    Predeterminado Re: ¿Libros de humor? ¿Alguna recomendación?

    El Tristram en inglés me da que va a ser un poco chungo, además de ser antiguo tiene bastantes juegos de palabras. Es una lástima que la edición de Alfaguara no esté en digital. Bueno, de hecho, no hay ninguna edición española en digital por lo que he visto, ni ésa con la traducción de Marías ni ninguna otra.

    Por cierto, también tenéis una película de Winterbottom sobre la novela, sumamente infiel pero acertadísima, precisamente por infiel; casi es más una película sobre el intento de adaptar la novela al cine que sobre la novela en sí.

  7. #27
    Veteran@ en el foro Avatar de roebek
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    Predeterminado Re: ¿Libros de humor? ¿Alguna recomendación?

    Cita Iniciado por Peto Ver mensaje
    Yo no leo humopr pero siempre recomiendo La Guía del Autoestopista Galáctico. A lo mejor no es tu tipo de humor y no te hace ninguna gracia, pero si conecta contigo, te mueres de la risa.
    También la serie de Enano Rojo, en una línea similar.

  8. #28
    Veteran@ en el foro Avatar de anabelee
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    Predeterminado Re: ¿Libros de humor? ¿Alguna recomendación?

    Cita Iniciado por the_doc Ver mensaje
    En Amazon.es está en alemán; pero si buscas está también en inglés.
    Tristram Shandy in Inglis
    Pero es una obra de hace 250 años. No sé si será muy complicada de leer en su idioma original.
    Esa edición es para quien controle de verdad el idioma, porque tiene muchos modismos y juegos de palabras.
    Puedes acariciar a la gente con palabras. Francis Scott Fitzgerald
    Leer surte un efecto peligroso: Encender fuegos artificiales en la intimidad del cerebro. Terry Pratchett



  9. #29
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    Predeterminado Re: ¿Libros de humor? ¿Alguna recomendación?

    Otra recomendación de un autor magistral, desaparecido a una tempranísima edad.

    SAKI

    Si no habéis leído nada, os recomiendo que leáis cualquiera de sus cuentos. Son de un cinismo, a veces cruel, maravilloso, libre de ataduras, graciosísimos.

    Alguna vez hemos comentado si nos hemos reído en público o en privado, leyendo un libro. Los cuentos de este autor sí lo han conseguido y en más de una ocasión. Os pongo uno de ellos, pero éste no es nada cruel.

    EL BUEY CEBADO


    Theophil Eshley era artista de profesión y pintor de ganado por fuerza del entorno. No ha de suponerse que viviera de la cría de reses o de la lechería, en una atmósfera saturada de cuernos y pezuñas, banquillos para ordeño y hierros de marcar. Residía en una zona que parecía un parque salpicado de quintas y que escapaba por un pelo al deshonor de los suburbios. Un lado del jardín lindaba con un pradito pintoresco, en donde un vecino emprendedor apacentaba unas vaquitas pintorescas de pura cepa Jersey. En las tardes de verano, hundidas hasta las rodillas en el pasto crecido y a la sombra de un grupo de nogales, las vacas descansaban mientras la luz del sol caía en parches sobre sus lisas pieles leonadas. Eshley había concebido y ejecutado una linda pintura de dos vacas lecheras reposando en un marco de nogales, pasto y rayos de sol filtrados, y la Royal Academy la había colgado como correspondía en las paredes de la Exhibición de Verano. La Royal
    Academy fomenta hábitos ordenados y metódicos en sus pupilos. Eshley había pintado un cuadro pasablemente bien logrado de unas vacas que dormitaban de modo pintoresco bajo unos nogales; y así como empezó, así, por necesidad, hubo que continuar. Su Paz del mediodía, un estudio de dos vacas pardas a la sombra de un nogal, fue seguido por Refugio canicular, un estudio de un nogal que daba sombra a dos vacas pardas. A su debido turno aparecieron Donde los tábanos dejan de fastidiar, El asilo del hato y Sueño en la vaquería, todos ellos estudios de vacas pardas y nogales. Los dos intentos que hizo por romper con su propia tradición fueron grandes fracasos: Tórtolas espantadas por el gavilán y Lobos en la campiña romana fueron devueltos a su taller bajo el baldón de abominables herejías; y Eshley fue elevado otra vez al favor y la gracia del público con Un rinconcito umbrío donde sueña el letargo de las vacas.
    Una bonita tarde de finales de otoño, cuando daba los últimos toques a un estudio sobre las yerbas del potrero, su vecina, Adela Pingsford, asaltó la puerta del taller con golpes duros y perentorios.
    —Hay un buey en mi jardín —anunció, a modo de explicación por aquel allanamiento tempestuoso.—Un buey... —dijo Eshley, en tono indiferente y harto presumido— ¿Qué clase de buey?
    —¡Oh, no sé de qué clase! —respondió con brusquedad la dama—. Un buey común, o de jardín, como se dice en jerga. Y lo del jardín es lo que me molesta. Al mío acaban de ponerlo en orden para el invierno, y un buey vagando por ahí no va a mejorar las cosas. Además, los crisantemos están empezando a florecer.
    —¿Cómo se metió al jardín? —preguntó Eshley.
    —Me figuro que por la puerta —dijo la dama, llena de impaciencia—. No puede haber escalado los muros, y no creo que lo hayan tirado de un avión para anunciar el caldo Bovril. La pregunta importante por ahora no es cómo entró, sino cómo sacarlo.
    —¿Y no quiere irse? —dijo Eshley.
    —Si estuviera muy ansioso por hacerlo —dijo Adela Pingsford con bastante enfado—, yo no habría venido aquí a charlar con usted al respecto. Estoy prácticamente sola; la criada tiene la tarde libre y la cocinera anda postrada con un ataque de neuralgia. Si algo aprendí en la escuela o después en la vida sobre como se saca un buey enorme de un jardín pequeño, se me acaba de borrar de la memoria. Sólo se me ocurrió pensar que usted es mi vecino y que es pintor de reses, presumiblemente más o menos versado en los temas que pinta, y que tal vez podría darme una ayuda mínima. A lo mejor me equivoqué.—Pinto vacas lecheras, en efecto —admitió Eshley—, pero no podría afirmar que haya tenido la menor experiencia en arrear bueyes extraviados. Lo he visto hacer en el cine, por supuesto, pero siempre había caballos y muchos otros accesorios. Además, nunca se sabe qué tanto es simulacro en esas cintas.
    Adela Pingsford no dijo nada, limitándose a guiarlo hasta el jardín. En condiciones normales era un jardín de tamaño aceptable, pero se veía pequeño comparado con el buey, una gran bestia manchada, de un rojo opaco en la zona del cerro y la cabeza, pasando al blanco sucio en los lados y cuartos traseros, con orejas hirsutas y grandes ojos inyectados de sangre. Su parecido con las delicadas novillas de corral que Eshley estaba acostumbrado a pintar era el mismo que habría entre el jefe de un clan de kurdos nómadas y la empleada japonesa de una casa de té. Eshley permaneció muy cerca del portillo mientras examinaba la apariencia y actitud del animal. Adela Pingsford seguía sin decir nada.—Se está comiendo un crisantemo —dijo al fin Eshley, cuando el silencio se volvió insoportable.
    —¡Qué detallista es! —dijo Adela, con sorna—. ¡Como que usted lo nota todo! De hecho, ahora mismo el buey tiene seis crisantemos en la boca.
    Iba siendo imperioso hacer algo. Eshley dio un paso o dos en dirección al animal, dio algunas palmadas e hizo algunos ruidos del tipo "¡sus!" y "¡uste!". Si el buey los escuchó, no dio señas externas de ello.
    —Si algún día se cuelan las gallinas en mi jardín —dijo Adela—, con toda seguridad mandaré por usted para que las espante. Hace "¡sus!" divinamente. Pero, por el momento, ¿le importaría tratar de echar a ese buey? Mire: acaba de emprenderla con un Mademoiselle Louise Bichot -añadió, con una calma glacial, mientras la enorme boca trituraba un ramo de color naranja encendido.
    —Ya que ha sido tan franca respecto a la variedad del crisantemo —dijo Eshley—, no tengo inconveniente en informarle que éste es un buey de raza Ayrshire.
    La calma glacial se descompuso. Adela Pingsford utilizó palabras que lo obligaron a dar otros dos o tres pasos instintivos hacia el buey. El artista recogió una varita para enredar arvejas y la arrojó con cierta decisión contra el moteado costillar del animal. La operación de machacar la ensalada de pétalos del Mademoiselle Louise Bichot se vio suspendida por un largo instante, empleado por el buey para clavar una mirada inquisitiva y concentrada en el lanzador de varitas. Adela dirigió una mirada igual de concentrada y más abiertamente hostil al mismo foco. Como la bestia no había bajado la cabeza ni pisoteado contra el suelo, Eshley se arriesgó a hacer un nuevo ejercicio de jabalina con otra varita para enredar arvejas. De pronto el buey pareció darse cuenta de que debía marcharse. Dio un último y apresurado tirón al cuadro donde habían estado los crisantemos y empezó a cruzar el jardín a paso largo. Eshley corrió a arrearlo hacia el portillo, pero sólo consiguió que acelerara el paso hasta un trote lerdo. Con ciertos aires de pesquisa, pero sin verdaderos titubeos, el animal atravesó la diminuta franja de césped que los caritativos llamaban campo de croquet y se metió a la salita matinal por la puerta vidriera abierta. Había por el cuarto algunos jarrones con crisantemos y demás plantas de estación, y el animal reanudó los trabajos de poda. De todos modos, a Eshley le pareció que en sus ojos empezaba a brillar una mirada de bestia acorralada, una mirada que aconsejaba respeto. Suspendió todo intento de interferir en sus preferencias ambientales.
    —Señor Eshley —dijo Adela con voz trémula—, pedí que sacara a esa bestia de mi jardín, pero no le pedí que la metiera en mi casa. Si tengo que tenerlo en cualquier parte de la propiedad, prefiero el jardín a la salita matinal.
    —La arriería no es mi especialidad —aclaró Ashley—. Si no recuerdo mal, se lo conté desde el principio.
    —Estoy totalmente de acuerdo —replicó la dama—. Usted es bueno para pintar lindos cuadritos de lindas novillitas. ¿No le apetecería hacer un buen boceto de ese buey poniéndose a sus anchas en mi sala?
    Pareció que esta vez sí lo había tocado en la herida. Eshley hizo ademán de marcharse.
    —¿Adonde va? —gritó Adela.
    —A traer utensilios —fue la respuesta.
    —¿Utensilios? No voy a permitir que use un lazo. Destrozarán el cuarto si hay un forcejeo.
    Pero el artista se marchó del jardín. En un par de minutos regresó, cargando caballete, banquillo y materiales de pintura.
    —¿Quiere decir que pretende sentarse tranquilamente a pintar esa bestia mientras acaba con mi sala? —resolló Adela.
    —Fue sugerencia suya —dijo Eshley, al tiempo que preparaba el lienzo.
    —¡Se lo prohíbo! ¡Se lo prohíbo terminantemente! —bramó Adela.
    —No veo qué injerencia tenga usted en el asunto —dijo el artista—. Le costaría alegar que el buey es suyo, ni siquiera por adopción.
    —Parece olvidar que está en mi sala, comiéndose mis flores —fue la iracunda réplica.
    —Y usted parece olvidar que la cocinera tiene neuralgia —respondió Eshley—. Puede ser que ella ahora se esté hundiendo en un sueño reparador y que su alboroto la despierte. La consideración por los demás debería ser el principio rector de las personas de nuestra posición.
    —¡El tipo está loco! —exclamó Adela en tono trágico.
    Un instante después fue Adela quien pareció volverse loca. El buey había dado remate a las flores de los jarrones y a las tapas de Israel Kalisch, y daba muestras de estar pensando en abandonar su más bien restringido alojamiento. Eshley le notó cierta inquietud y corrió a tirarle unos manojos de hojas de enredadera de Virginia como aliciente para seguir posando.
    —Se me olvida cómo dice el refrán —comentó—. Algo por el estilo de: "es mejor una cena de hierbas que buey cebado donde reina el odio". Al parecer tenemos a mano todos los ingredientes para ello.
    —Voy a la biblioteca pública para que llamen a la policía— anunció Adela; y, rabiando sonoramente, se marchó.
    Minutos después el buey, acaso entrando en la sospecha de que en algún establo bien abastecido lo esperaban tortas de lino y forraje picado, salió con bastante cuidado de la sala, dirigió una mirada grave e inquisitiva al humano que había dejado de molestarlo y lanzarle varitas, y a un trote pesado pero rápido abandonó el jardín. Eshley guardó los utensilios y siguió el ejemplo del animal. Y la quinta Larkdene, quedó en manos de la neuralgia y de la cocinera.
    El episodio marcó el momento crucial de la carrera artística de Eshley. Su notable pintura Buey en una salita matinal, finales de otoño, fue uno de los grandes éxitos y sensaciones del siguiente Salón de París; y en una posterior exhibición en Munich fue comprada por el gobierno bávaro, a despecho de las jugosas ofertas de tres firmas productoras de extracto de carne. A partir de entonces tuvo asegurada una larga serie de éxitos; y la Royal Academy tuvo el agrado, dos años después, de colgar en lugar prominente su gran lienzo Macacos destrozando un tocador.
    Eshley le obsequió a Adela Pingsford un nuevo ejemplar de Israel Kalisch y dos plantas de linda floración, de la variedad Madame André Blusset. Pero nada por el estilo de una verdadera reconciliación ha tenido lugar entre ellos dos.
    Contra la seducción:
    No os dejéis seducir / no hay retorno alguno. / El día está a las puertas, / hay ya viento nocturno / no vendrá otra mañana.
    No os dejéis engañar / Con que la vida es poco. / Bebedla a grandes tragos / porque no os bastará / cuando hayáis de perderla.
    No os dejéis consolar. / Vuestro tiempo no es mucho. / El lodo, a los podridos. / La vida es lo más grande: / perderla es perder todo.
    Bertolt Brecht


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  11. #30
    Veteran@ en el foro Avatar de anabelee
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    Predeterminado Re: ¿Libros de humor? ¿Alguna recomendación?

    Cita Iniciado por Maldoror Ver mensaje
    Otra recomendación de un autor magistral, desaparecido a una tempranísima edad.

    SAKI

    Si no habéis leído nada, os recomiendo que leáis cualquiera de sus cuentos. Son de un cinismo, a veces cruel, maravilloso, libre de ataduras, graciosísimos.

    Alguna vez hemos comentado si nos hemos reído en público o en privado, leyendo un libro. Los cuentos de este autor sí lo han conseguido y en más de una ocasión. Os pongo uno de ellos, pero éste no es nada cruel.

    EL BUEY CEBADO


    Theophil Eshley era artista de profesión y pintor de ganado por fuerza del entorno. No ha de suponerse que viviera de la cría de reses o de la lechería, en una atmósfera saturada de cuernos y pezuñas, banquillos para ordeño y hierros de marcar. Residía en una zona que parecía un parque salpicado de quintas y que escapaba por un pelo al deshonor de los suburbios. Un lado del jardín lindaba con un pradito pintoresco, en donde un vecino emprendedor apacentaba unas vaquitas pintorescas de pura cepa Jersey. En las tardes de verano, hundidas hasta las rodillas en el pasto crecido y a la sombra de un grupo de nogales, las vacas descansaban mientras la luz del sol caía en parches sobre sus lisas pieles leonadas. Eshley había concebido y ejecutado una linda pintura de dos vacas lecheras reposando en un marco de nogales, pasto y rayos de sol filtrados, y la Royal Academy la había colgado como correspondía en las paredes de la Exhibición de Verano. La Royal
    Academy fomenta hábitos ordenados y metódicos en sus pupilos. Eshley había pintado un cuadro pasablemente bien logrado de unas vacas que dormitaban de modo pintoresco bajo unos nogales; y así como empezó, así, por necesidad, hubo que continuar. Su Paz del mediodía, un estudio de dos vacas pardas a la sombra de un nogal, fue seguido por Refugio canicular, un estudio de un nogal que daba sombra a dos vacas pardas. A su debido turno aparecieron Donde los tábanos dejan de fastidiar, El asilo del hato y Sueño en la vaquería, todos ellos estudios de vacas pardas y nogales. Los dos intentos que hizo por romper con su propia tradición fueron grandes fracasos: Tórtolas espantadas por el gavilán y Lobos en la campiña romana fueron devueltos a su taller bajo el baldón de abominables herejías; y Eshley fue elevado otra vez al favor y la gracia del público con Un rinconcito umbrío donde sueña el letargo de las vacas.
    Una bonita tarde de finales de otoño, cuando daba los últimos toques a un estudio sobre las yerbas del potrero, su vecina, Adela Pingsford, asaltó la puerta del taller con golpes duros y perentorios.
    —Hay un buey en mi jardín —anunció, a modo de explicación por aquel allanamiento tempestuoso.—Un buey... —dijo Eshley, en tono indiferente y harto presumido— ¿Qué clase de buey?
    —¡Oh, no sé de qué clase! —respondió con brusquedad la dama—. Un buey común, o de jardín, como se dice en jerga. Y lo del jardín es lo que me molesta. Al mío acaban de ponerlo en orden para el invierno, y un buey vagando por ahí no va a mejorar las cosas. Además, los crisantemos están empezando a florecer.
    —¿Cómo se metió al jardín? —preguntó Eshley.
    —Me figuro que por la puerta —dijo la dama, llena de impaciencia—. No puede haber escalado los muros, y no creo que lo hayan tirado de un avión para anunciar el caldo Bovril. La pregunta importante por ahora no es cómo entró, sino cómo sacarlo.
    —¿Y no quiere irse? —dijo Eshley.
    —Si estuviera muy ansioso por hacerlo —dijo Adela Pingsford con bastante enfado—, yo no habría venido aquí a charlar con usted al respecto. Estoy prácticamente sola; la criada tiene la tarde libre y la cocinera anda postrada con un ataque de neuralgia. Si algo aprendí en la escuela o después en la vida sobre como se saca un buey enorme de un jardín pequeño, se me acaba de borrar de la memoria. Sólo se me ocurrió pensar que usted es mi vecino y que es pintor de reses, presumiblemente más o menos versado en los temas que pinta, y que tal vez podría darme una ayuda mínima. A lo mejor me equivoqué.—Pinto vacas lecheras, en efecto —admitió Eshley—, pero no podría afirmar que haya tenido la menor experiencia en arrear bueyes extraviados. Lo he visto hacer en el cine, por supuesto, pero siempre había caballos y muchos otros accesorios. Además, nunca se sabe qué tanto es simulacro en esas cintas.
    Adela Pingsford no dijo nada, limitándose a guiarlo hasta el jardín. En condiciones normales era un jardín de tamaño aceptable, pero se veía pequeño comparado con el buey, una gran bestia manchada, de un rojo opaco en la zona del cerro y la cabeza, pasando al blanco sucio en los lados y cuartos traseros, con orejas hirsutas y grandes ojos inyectados de sangre. Su parecido con las delicadas novillas de corral que Eshley estaba acostumbrado a pintar era el mismo que habría entre el jefe de un clan de kurdos nómadas y la empleada japonesa de una casa de té. Eshley permaneció muy cerca del portillo mientras examinaba la apariencia y actitud del animal. Adela Pingsford seguía sin decir nada.—Se está comiendo un crisantemo —dijo al fin Eshley, cuando el silencio se volvió insoportable.
    —¡Qué detallista es! —dijo Adela, con sorna—. ¡Como que usted lo nota todo! De hecho, ahora mismo el buey tiene seis crisantemos en la boca.
    Iba siendo imperioso hacer algo. Eshley dio un paso o dos en dirección al animal, dio algunas palmadas e hizo algunos ruidos del tipo "¡sus!" y "¡uste!". Si el buey los escuchó, no dio señas externas de ello.
    —Si algún día se cuelan las gallinas en mi jardín —dijo Adela—, con toda seguridad mandaré por usted para que las espante. Hace "¡sus!" divinamente. Pero, por el momento, ¿le importaría tratar de echar a ese buey? Mire: acaba de emprenderla con un Mademoiselle Louise Bichot -añadió, con una calma glacial, mientras la enorme boca trituraba un ramo de color naranja encendido.
    —Ya que ha sido tan franca respecto a la variedad del crisantemo —dijo Eshley—, no tengo inconveniente en informarle que éste es un buey de raza Ayrshire.
    La calma glacial se descompuso. Adela Pingsford utilizó palabras que lo obligaron a dar otros dos o tres pasos instintivos hacia el buey. El artista recogió una varita para enredar arvejas y la arrojó con cierta decisión contra el moteado costillar del animal. La operación de machacar la ensalada de pétalos del Mademoiselle Louise Bichot se vio suspendida por un largo instante, empleado por el buey para clavar una mirada inquisitiva y concentrada en el lanzador de varitas. Adela dirigió una mirada igual de concentrada y más abiertamente hostil al mismo foco. Como la bestia no había bajado la cabeza ni pisoteado contra el suelo, Eshley se arriesgó a hacer un nuevo ejercicio de jabalina con otra varita para enredar arvejas. De pronto el buey pareció darse cuenta de que debía marcharse. Dio un último y apresurado tirón al cuadro donde habían estado los crisantemos y empezó a cruzar el jardín a paso largo. Eshley corrió a arrearlo hacia el portillo, pero sólo consiguió que acelerara el paso hasta un trote lerdo. Con ciertos aires de pesquisa, pero sin verdaderos titubeos, el animal atravesó la diminuta franja de césped que los caritativos llamaban campo de croquet y se metió a la salita matinal por la puerta vidriera abierta. Había por el cuarto algunos jarrones con crisantemos y demás plantas de estación, y el animal reanudó los trabajos de poda. De todos modos, a Eshley le pareció que en sus ojos empezaba a brillar una mirada de bestia acorralada, una mirada que aconsejaba respeto. Suspendió todo intento de interferir en sus preferencias ambientales.
    —Señor Eshley —dijo Adela con voz trémula—, pedí que sacara a esa bestia de mi jardín, pero no le pedí que la metiera en mi casa. Si tengo que tenerlo en cualquier parte de la propiedad, prefiero el jardín a la salita matinal.
    —La arriería no es mi especialidad —aclaró Ashley—. Si no recuerdo mal, se lo conté desde el principio.
    —Estoy totalmente de acuerdo —replicó la dama—. Usted es bueno para pintar lindos cuadritos de lindas novillitas. ¿No le apetecería hacer un buen boceto de ese buey poniéndose a sus anchas en mi sala?
    Pareció que esta vez sí lo había tocado en la herida. Eshley hizo ademán de marcharse.
    —¿Adonde va? —gritó Adela.
    —A traer utensilios —fue la respuesta.
    —¿Utensilios? No voy a permitir que use un lazo. Destrozarán el cuarto si hay un forcejeo.
    Pero el artista se marchó del jardín. En un par de minutos regresó, cargando caballete, banquillo y materiales de pintura.
    —¿Quiere decir que pretende sentarse tranquilamente a pintar esa bestia mientras acaba con mi sala? —resolló Adela.
    —Fue sugerencia suya —dijo Eshley, al tiempo que preparaba el lienzo.
    —¡Se lo prohíbo! ¡Se lo prohíbo terminantemente! —bramó Adela.
    —No veo qué injerencia tenga usted en el asunto —dijo el artista—. Le costaría alegar que el buey es suyo, ni siquiera por adopción.
    —Parece olvidar que está en mi sala, comiéndose mis flores —fue la iracunda réplica.
    —Y usted parece olvidar que la cocinera tiene neuralgia —respondió Eshley—. Puede ser que ella ahora se esté hundiendo en un sueño reparador y que su alboroto la despierte. La consideración por los demás debería ser el principio rector de las personas de nuestra posición.
    —¡El tipo está loco! —exclamó Adela en tono trágico.
    Un instante después fue Adela quien pareció volverse loca. El buey había dado remate a las flores de los jarrones y a las tapas de Israel Kalisch, y daba muestras de estar pensando en abandonar su más bien restringido alojamiento. Eshley le notó cierta inquietud y corrió a tirarle unos manojos de hojas de enredadera de Virginia como aliciente para seguir posando.
    —Se me olvida cómo dice el refrán —comentó—. Algo por el estilo de: "es mejor una cena de hierbas que buey cebado donde reina el odio". Al parecer tenemos a mano todos los ingredientes para ello.
    —Voy a la biblioteca pública para que llamen a la policía— anunció Adela; y, rabiando sonoramente, se marchó.
    Minutos después el buey, acaso entrando en la sospecha de que en algún establo bien abastecido lo esperaban tortas de lino y forraje picado, salió con bastante cuidado de la sala, dirigió una mirada grave e inquisitiva al humano que había dejado de molestarlo y lanzarle varitas, y a un trote pesado pero rápido abandonó el jardín. Eshley guardó los utensilios y siguió el ejemplo del animal. Y la quinta Larkdene, quedó en manos de la neuralgia y de la cocinera.
    El episodio marcó el momento crucial de la carrera artística de Eshley. Su notable pintura Buey en una salita matinal, finales de otoño, fue uno de los grandes éxitos y sensaciones del siguiente Salón de París; y en una posterior exhibición en Munich fue comprada por el gobierno bávaro, a despecho de las jugosas ofertas de tres firmas productoras de extracto de carne. A partir de entonces tuvo asegurada una larga serie de éxitos; y la Royal Academy tuvo el agrado, dos años después, de colgar en lugar prominente su gran lienzo Macacos destrozando un tocador.
    Eshley le obsequió a Adela Pingsford un nuevo ejemplar de Israel Kalisch y dos plantas de linda floración, de la variedad Madame André Blusset. Pero nada por el estilo de una verdadera reconciliación ha tenido lugar entre ellos dos.

    ¡Me encanta! ¿De qué obra es esta pequeña joya?
    Puedes acariciar a la gente con palabras. Francis Scott Fitzgerald
    Leer surte un efecto peligroso: Encender fuegos artificiales en la intimidad del cerebro. Terry Pratchett



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