Iniciado por
Peto
Bueno, siempre se aprenden nuevas cosas. En ese sentido es curioso ver cómo unos colectivos y otros reciben las novedades.
A mí me gusta la paleoantropología. Aparte de su aspecto humano, tiene un aspecto técnico-científico que es en sí fascinante. Los paleoantropólogos son unos artistas extrayendo información de los más mínimos rastros. De hecho, todos los restos óseos fósiles de todos los antepasados humanos reconocidos en la actualidad (algunos han entrado, otros se han caído, otros han quedado en paralelo), caben en la trasera de una furgoneta. Son escasísimos. Y sin embargo, la información que se ha extraído de ellos es asombrosa, incluso difícil de creer, hasta que te razonan y explican cómo llegan a las conclusiones que llegan. Y son unos fieras, científicamente hablando. Hay un libro de Coppens y Piq, llamado Los Orígenes de la Humanidad, que explica todo el recorrido de manera pormenorizada y es absolutamente fascinante. Bueno, que me desvío. La cosa es que en Paleoantropología, paleontología y en la arqueología en general, cada vez que hay un nuevo descubrimiento, la comunidad científica se revoluciona, les sube la adrenalina, se emocionan todos y se ponen a dar saltitos mientras ese hallazgo va permitiendo arrojar luz sobre nuevos aspectos o corregir conceptos que hasta la fecha se consideraban equivocados. Lo mismo ocurre en la ciencia. Sin embargo, en la "arqueología cristiana" por llamarla de alguna forma, los descubrimientos son recibidos con recelo porque los dogmas son inflexibles. De ahí la dificultad y la hostilidad hacia evangelios apócrifos como los del Mar Muerto.
Si separamos en planos diferentes los hechos milagrosos de los históricos, dado que los primeros son indemostrables por naturaleza, se deberían poder discutir los hechos históricos con total naturalidad y se debería de poder enriquecer y matizar el conocimiento de aquellos acontecimientos para interés de todos. Sin embargo no se hace. Por qué?