Ver la versión completa : Cuentos de dos minutos
Charolina
03/10/2013, 20:05
Hola!
¿Tienes dos minutos para leer? ¿Me los prestas?
Cuento de dos minutos:
Colegio embrujado
El diccionario pesaba extrañamente al fondo de la cartera. Una cartera blanca, preciosa con el dibujo de una niña granjera. La bruja que nos daba clase de lengua invocaba al diccionario acentuando mucho la letra a:
—¡Sacad todos el diccionaaaario!
Daba miedo abrirlo y lanzarse dentro a pescar sinónimos o antónimos al son de los caprichos de la bruja. Los sinónimos y antónimos son escurridizos y no pican siempre. Al que no pescaba nada o suficiente, la bruja le chillaba palabras feas hasta transformarlo en gusano diminuto y acobardado. Se tardaba luego mucho en volver a casa reptando por el suelo.
Más cuentos de dos minutos:
Lagartija de juguete muerta: (http://SPAMSPAMSPAMSPAMSPAMSPAMSPAM/H0yivu)
La equilibrista sin tacones: (http://SPAMSPAMSPAMSPAMSPAMSPAMSPAM/ecg22T)
Bajar al río: (http://SPAMSPAMSPAMSPAMSPAMSPAMSPAM/WHq3rn)
Velatorio 3: (http://SPAMSPAMSPAMSPAMSPAMSPAMSPAM/19qkag)
¡¡Gracias por tus dos minutos!
Charolina
03/10/2013, 20:21
Jopé :( no he podido poner los links a los otros cuentos de dos minutos. Me dice que es Spam. Siento si os lo tomáis como spam :( :-s
cathermac
03/10/2013, 20:31
Hola, es que hemos tenido muchos problemas de spam así que tenemos unos filtros muy altos.
Un cuento muy chulo.
Enviado desde mi CNC-TAB7P usando Tapatalk 2
Charolina
03/10/2013, 20:35
Gracias! Me alegra un montón que te haya gustado!!
txabilar
04/10/2013, 00:10
A mí también me ha gustado mucho.
Charolina
04/10/2013, 16:33
A mí también me ha gustado mucho.
Muchas gracias, txabilar!!
Aquí va otro, a ver si os gusta... (Es un poco diferente al anterior)
Bajar al río
No se tarda mucho en llegar al río. Culebrea domesticado cerca de la ciudad.
Desde la cima de la cuesta, a lo lejos, el río borda su papel chispeando luz de sol entre los árboles. Engaña tan bien que apetece acercarse enseguida, y sentarse a comer a su lado.
Desde el puente, el río, medio tintado de marrón, escupe espumarajos grises contra las arcadas de piedra.
Hago como que no veo la bolsa de un veinticuatro horas enganchada, allí abajo, a un tronco con vocación de rompiente. Me apoyo en el pretil y atiendo al cuchicheo del agua. El curso del río se me mete por los ojos y me circula por dentro. Todo lo demás se me estanca.
—Me da un miedo que mires así el río. Parece que vas a saltar en cualquier momento…
Me pasa un brazo por los hombros y me separa del pretil del puente.
Y yo río, como si no me sintiera ya embrujada.
¡¡Saludos!!
La vajilla
Entró como todas las mañanas en la pequeña cocina. Avivó las cenizas de la salamandra, cogió el viejo tazón del estante y se sentó delante de la mesa.
Como todos los días desde que se quedó sola, pasó la mano sobre la mesa de madera y, acariciando sus vetas, miró el tazón vacio.
De la vieja vajilla solo quedaba esa pieza. La compraron en un viaje que hicieron a la capital justo antes de que su Manolo naciese. Seis servicios, como se decía. Todavía se acuerda del viaje de vuelta en la camioneta, con su barriga de siete meses, el calor asfixiante del mes de julio y ella abrazada a la caja de cartón donde se la habían envuelto.
Al llegar al pueblo fue desenvolviendo cada pieza con cuidado, estirando los periódicos que la protegían para colocarla sobre la balda de madera. Se acuerda que pensó que esa vajilla un día sería para su nuera, era el único tesoro que le podría dejar, no tenia joyas, ni dinero, y las tierras que trabajaban ni siquiera eran suyas, y ahora iba a tener un hijo y una vajilla, como los señores.
Era la vajilla de los días grandes, de las fiestas, del plato rebosante de buñuelos y rosquillas de anís en la comunión de Manolo, de los tazones de chocolate de sus cumpleaños o con achicoria los días, pocos, que les visitaba el cura.
A medida que su hijo crecía la vajilla iba menguando, primero fue un tazón, luego un plato llano, después uno de postre,...
Cada pieza que faltaba era un arañazo en su alma, la pérdida de la vaca, la sequía, la muerte de su marido... El último plato que quedaba se le resbaló a ella de las manos el día que su hijo le dijo, mientras fregaba, que se marchaba a la capital como peón de la construcción.
Cada día miraba esperanzada la grieta que se iba abriendo paso a través de la loza.
Se arrebujó en el mantón negro que llevaba hace ya más de veinte años, se dirigió a dar de comer a las tres o cuatro gallinas que quedaban en el corral y volvió a la mesa. Ya le quedaba un día menos de espera.
Muy buenos!!!!
No paréis, seguid!!!!
=D>=D>=D>=D>=D>
¿Tienes a la venta alguno de tus dos libros en formato electrónico?
Dime algo...
Charolina
05/10/2013, 18:01
Ahorso, Gracias por lo que me toque!! :D
Aquí va otro cuento de dos minutos. Aviso que es un poco oscurete...
Lagartija de juguete muerta
Abuela mira rezar al cura del hospital junto a su cama. Mira a papá, a mamá, me mira a mí, y a la lagartija de plástico que sostengo en la mano, se llamaba Max. Interrumpe al sacerdote y chilla que no quiere morirse; que es injusto que los demás nos quedemos aquí todos viviendo, y que ella se muera. Max se me cae al suelo y muere en el acto. Mamá pisa el cadáver al empujarme fuera de la habitación.
Charolina
09/10/2013, 16:57
Hola.
Quiero enseñaros otro cuento de dos minutos. A ver qué os parece éste que está super reciente (y hasta crujiente jeje) y acabo de publicarlo en el blog:
Mensaje en una tostada
La cocina de juguete rota le pesa tanto al fondo de los pulmones, que no ha encontrado más alivio que tratar de repararla. A vida o muerte; no hay más solución.
Vera se arma de un destornillador, dispuesta a despanzurrar la cocina volcada patas arriba sobre la mesa.
Si hubiera sabido que los niños iban a romperla no se la habría dejado… Brutos más que brutos… Anda que no jugó ella de pequeña y nunca la rompió. Y en un momento ahora, los niños van y la rompen.
La tapa de plástico cede. Vera encuentra enseguida la rebanada de juguete que los niños han forzado hasta colarla por la rendija del tostador… Brutos más que brutos…
Mira el revoltijo de cable bajo los fuegos de la cocina. Allí atrapado asoma un papel. Lo extrae con cuidado, y lo contempla...
Un papel viejo; cuadriculado; medio pintado de marrón; y mal recortado con forma de tostada.
Es suyo. Tiene que serlo. Un día, hace tanto que ni se acuerda, debió de dibujar mal una tostada, la recortó peor, la metió por la rendija del tostador de su reluciente cocina, y se le coló dentro.
Y lo olvidó, muy lejos de imaginar que treinta y tantos años después una Vera con canas teñidas, arrugas hidratadas y una vida llena de obligaciones y sombras la rescataría de entre las tripas de la cocina…
Le da miedo decepcionar a la niña antigua, o asustarla, y Vera deja de mirar la tostada cuadriculada.
El primer impulso es tirar el papel viejo a la basura. Lo abandona sobre la mesa mientras vuelve a poner la tapa al juguete y aprieta cada tornillo en su lugar. Se levanta con la tostada de papel en la mano, pero antes de llegar al cubo de la basura da media vuelta. Lo guarda entre las páginas de un libro.
De pequeña fantaseaba mucho con hacerse mayor para que nadie la mandara, y para tener un perro, y para viajar en un coche descapotable, y para salir en un concurso de la televisión…
Vera guarda la cocina de juguete y la tostada de plástico en una bolsa del supermercado. Piensa en que no tiene perro ni tampoco coche…
También piensa en cuánto le aburren ahora los concursos de televisión…
Más cuentos en Desde el bosque (http://laurarivasarranz.blogspot.com.es/)
¡Saludos! y gracias por vuestro tiempo de lectura!
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